
Valentín vivía en una selva del África tropical. Era un elefante grande y orgulloso, capaz de derribar un árbol de un solo golpe. A menudo se jactaba de su fortaleza, disfrutaba retando y burlándose de los animales más poderosos de la jungla: de Bruno, el león; de Rogelio, el gorila; de Bianca, la jirafa e incluso de Alejandro, el gran rinoceronte negro.
Un día, Sammy, el camaleón enano, se acercó a Valentín y le dijo:
—¿Podrías ayudarme a atravesar el enorme río que cruza la selva? Ya estoy cansado de tener que esconderme del águila que vive en esta parte de la espesura y querría encontrar un hogar más seguro al otro lado.
El elefante, que no estaba acostumbrado a prestar atención a los demás, ignoró a Sammy y se alejó. El camaleón, soltando una lágrima, se subió a lo alto de un árbol para intentar encontrar alguna solución a su problema.
No había pasado ni una hora cuando el elefante se adentró en la selva, con tan mala suerte que fue a caer en una zona de arenas movedizas. Intentó salir solo, pero era demasiado grande y pesado. Empezó entonces a barritar pidiendo ayuda. El sonido se oyó en buena parte de la selva, pero fue Sammy, el camaleón, quién divisó a Valentín desde lo alto de su árbol.
El camaleón enano se acercó al lugar donde se encontraba Valentín, el elefante. Observó la situación y se alejó de nuevo.
Valentín pensó que el camaleón enano se estaba vengando de él, por no ayudarle a cruzar el gran río de la selva.
Al rato, Sammy volvió subido a lomos de Alejandro, el gran rinoceronte negro. Junto a él venían Bruno, el león; Rogelio, el gorila; y Bianca, la jirafa. Entre todos, ayudándose con unas lianas, sacaron de las arenas movedizas al orgulloso Valentín.
Desde ese día, el elefante aprendió a respetar a todos los animales, grandes y pequeños. Comprendió que todos tienen algo valioso que ofrecer y que es importante ser amable y compasivo con los demás.
Un cuento así funciona mejor cuando no se convierte en una explicación cerrada. Si el adulto se limita a preguntar qué ha pasado, qué ha sentido cada personaje o por qué cambia la relación entre ellos, el niño puede llegar a la idea central sin sentirse examinado.
La historia permite hablar de orgullo, ayuda y humildad de una forma sencilla. No hace falta convertirla en una moraleja larga. A veces basta con dejar que el contraste entre fuerza y pequeñez haga su trabajo dentro del cuento.
Hoy en día, en una gran selva tropical de África, se puede ver a un elefante grande y orgulloso paseando con un camaleón enano sobre su cabeza.
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