El elefante orgulloso: cuento sobre el orgullo y pedir ayuda

Este es un cuento corto sobre el orgullo, la ayuda y algo que a veces cuesta más de lo que parece: descubrir que ser fuerte no significa poder hacerlo todo solo.

No necesita una moraleja explicada al final. Prefiero dejar que Valentín y Sammy cuenten la historia.

El elefante orgulloso

En un rincón de África donde la sabana se encontraba con un bosque de árboles altísimos vivía Valentín, un elefante enorme que estaba convencido de que no existía problema demasiado grande para él.

Cuando caminaba, las ramas crujían. Si encontraba un tronco atravesado en el camino, lo apartaba con la trompa. Si quería alcanzar una fruta, levantaba la cabeza y llegaba donde casi ningún otro animal podía llegar.

Y Valentín se encargaba de que todos lo supieran.

—Bruno —le decía al león cuando lo veía descansar bajo una acacia—, tú rugirás muy fuerte, pero a ver quién de los dos consigue mover aquella roca.

Bruno abría un ojo, miraba la roca y volvía a cerrarlo.

—Hoy no tengo ninguna necesidad de moverla.

Valentín soltaba una carcajada.

También retaba a Rogelio, el gorila, presumía de altura delante de Bianca, la jirafa, y aseguraba a Alejandro, el rinoceronte, que ningún animal tenía tanta fuerza como él.

Una mañana apareció Sammy, un pequeño camaleón que llevaba varios días buscando una manera de cruzar el río.

—Valentín, ¿puedes ayudarme?

El elefante miró a un lado y a otro.

—¿Quién ha dicho eso?

—Aquí abajo.

Valentín bajó la cabeza hasta descubrir a Sammy junto a una de sus patas.

—Necesito llegar al otro lado del río —explicó el camaleón—. Un águila ha encontrado el árbol donde me escondo y ya no es seguro. Para ti cruzar sería fácil. Podría ir sobre tu cabeza.

Valentín levantó la trompa.

—Tengo cosas mucho más importantes que hacer.

—Solo tardaríamos un momento.

—Si yo fuera tan pequeño como tú, aprendería a resolver mis propios problemas.

Sammy no contestó. Miró el río, después al elefante y finalmente trepó hasta las ramas de un árbol para pensar qué podía hacer.

Valentín continuó su paseo muy satisfecho consigo mismo.

No había avanzado demasiado cuando decidió tomar un camino que casi ningún animal utilizaba. El terreno parecía firme y no vio nada extraño hasta que una de sus patas delanteras se hundió.

La sacó con esfuerzo.

Entonces se hundió la otra.

Valentín intentó retroceder, pero cuanto más se movía, más cedía el suelo bajo su peso.

—No pasa nada —murmuró—. Soy Valentín.

Empujó con las patas traseras.

Se hundió un poco más.

Probó a estirar la trompa hacia una rama, pero estaba demasiado lejos.

Volvió a intentarlo.

La arena le llegaba ya por encima de las rodillas.

Por primera vez en mucho tiempo, Valentín miró alrededor esperando ver a alguien.

No había nadie.

—¡Bruno! —barritó.

Solo respondió el eco.

—¡Rogelio! ¡Alejandro!

Nada.

Valentín dejó de forcejear. Respiró despacio y gritó una palabra que casi nunca utilizaba:

—¡Ayuda!

Muy lejos de allí, en lo alto de un árbol, Sammy levantó la cabeza.

Reconoció inmediatamente aquella voz.

Bajó por el tronco y se dirigió hacia el sonido hasta encontrar al elefante atrapado.

Valentín lo vio acercarse.

—Sammy…

El camaleón observó el terreno desde una rama baja.

—No te muevas.

Después se dio la vuelta y desapareció entre los arbustos.

Valentín cerró los ojos.

No podía reprochárselo. Aquella misma mañana él había hecho exactamente lo mismo.

Pasaron unos minutos que al elefante le parecieron larguísimos.

De pronto oyó ramas rompiéndose.

Sammy regresaba.

Pero no venía solo.

Tras él apareció Alejandro, el rinoceronte. Después Rogelio. Más atrás llegó Bruno y, entre los árboles, asomó la cabeza de Bianca.

—Necesitamos lianas —dijo Sammy.

Nadie perdió el tiempo preguntando quién era el más fuerte.

Rogelio trepó para cortar varias lianas resistentes. Bianca localizó desde arriba un paso firme por el que los demás podían acercarse sin hundirse. Bruno ayudó a arrastrar las lianas y Alejandro se colocó en terreno seguro para soportar buena parte del peso.

Sammy iba de uno a otro comprobando que cada nudo estuviera en su sitio.

—Ahora, Valentín —dijo—. Despacio.

Todos tiraron.

El elefante movió una pata.

Después otra.

La arena pareció resistirse a soltarlo, pero las lianas aguantaron.

—¡Otra vez! —gritó Sammy.

Bruno tiró. Rogelio tiró. Alejandro clavó las patas en el suelo. Bianca mantuvo tensa una de las lianas desde un lateral.

Y Valentín salió por fin de las arenas movedizas.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

El enorme elefante estaba cubierto de barro de las orejas a las patas.

Miró a Sammy.

—Podrías haberte marchado.

El camaleón se encogió de hombros.

—Podría.

Valentín bajó la cabeza hasta dejarla casi a ras del suelo.

—¿Todavía necesitas cruzar el río?

Sammy sonrió.

—Sí.

—Sube.

El pequeño camaleón trepó por la trompa, pasó entre las grandes orejas del elefante y se acomodó sobre su cabeza.

Cuando llegaron al río, Valentín entró en el agua sin decir una palabra. Sammy contemplaba la otra orilla desde lo alto.

A mitad del camino, el camaleón preguntó:

—¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

—Desde aquí arriba pareces todavía más grande.

Valentín estuvo a punto de responder que, por supuesto, era el animal más grande y fuerte de toda aquella tierra.

Pero se quedó pensando.

Después soltó una risa.

—Pues esta mañana yo te veía demasiado pequeño.

Y continuaron cruzando el río.

Después del cuento

Si lo compartes con un niño, yo no empezaría preguntando «¿qué nos enseña?». Puede ser más interesante hablar de la historia: por qué Sammy vuelve, en qué momento cambia Valentín o cuál de los animales resulta realmente imprescindible para sacarlo de las arenas.

La fuerza del cuento está precisamente en que nadie salva al elefante solo. El más pequeño detecta el problema y reúne al grupo; cada personaje aporta algo diferente y Valentín descubre lo que necesitaba descubrir cuando tiene que confiar en ellos.

Si te interesa este enfoque, en libros que enseñan valores sin moralinas explico por qué prefiero que la amistad, la valentía, el respeto o la humildad aparezcan dentro de lo que hacen los personajes y no como una lección añadida al terminar.